La cultura puede ser entendida como sintetizadora del entorno, (dentro y fuera del hombre) para la creación de un nuevo orden, como un producto proporcional a la interacción del ser humano consigo mismo, con sus pares y con su entorno, haciendo entonces que los tópicos relacionados con las muchas formas culturales que conforman una sociedad se comprendan dentro de la diversidad, sin embargo y como no es estático lo humano, tampoco la diversidad cultural y la cultura, pueden ser entendidas como un fenómeno estático, están por completo impregnadas de subjetividad y de las opiniones de los individuos que la conforman, la diversidad es un elemento establecido por el punto de vista de quien observa.

“Cultura… es ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, la costumbre y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad” (Tylor.1871, 1). A este enfoque descriptivo del concepto, le siguieron otros que subrayaron el carácter heredado desde el punto de vista social (Malinowski, 1931) o   la dimensión normativa de toda cultura como ideal orientador de la conducta. (Wissler, 1926). Por otra parte, la psicología también impregnó el propio concepto, destacando en este caso la dimensión aprendida de la cultura Young (1957). Los giros de enfoque, como el de Levi- Strauss (1958) supusieron para la antropología un esfuerzo por investigar estructuras universales dentro de las culturas, por encima del análisis de etnografías regionales. Otro de los aspectos que aparece con frecuencia en cualquier definición de cultura es su dependencia simbólica. (White, L. 1959.) (UNA RUTA HACIA LA INTERCULTURALIDAD. PAG 3)

De esa manera no puede resultar extraño que, en los estudios sobre la diversidad cultural, se destaquen variables humanas que muestran la oposición natural a la diversidad, un inexplicable miedo a lo diferente (visión etnocéntrica de la cultura) que ha formado las estructuras sociales que hasta hoy permanecen en nuestra sociedad. Los grupos dominantes de la sociedad tienen una fuerte tendencia a negar la humanidad a lo que consideran diferente, su categorización en peligroso aviva las llamas de los genocidios, las xenofobias, las discriminaciones, las guerras religiosas, entre otros.

Sin embargo, visiones como el relativismo cultural, han mostrado la necesidad de conciliar de la manera más racional posible las diferencias de los grupos que componen la sociedad: convivir en la fraternidad y el respeto, proveer de una igualdad relativa, es decir que la conciencia de lo diferente lo vuelve digno de ser respetado, pero ha sido difícil que dicha igualdad se vea en la praxis social, por el contrario, introduce debates muy largos sobre la igualdad como elemento homogeneizador.

La razón de la existencia de la diversidad radica en lo particular que tienen las culturas y como su relación ha permitido a lo largo de la historia encontrar coincidencias, puntos de encuentro, de desencuentro, de fusión o sincretismo cultural, dejando por sentado la muy larga batalla de la cultura como sobreviviente de la paradoja de la homogenización, siendo esta última el sustento de las democracias y las declaraciones de derechos universales. Entonces la diversidad está definida en oposición a la homogenización y a la diferencia, esto es muy importante, porque la categoría “diferente” conlleva al señalamiento y la estigmatización, mientras que la categoría de lo “diverso” deja una invitación hacia el respeto, la comprensión y la integración.

La declaración universal de la Unesco sobre la diversidad cultural, de 2001, reconoce la diversidad cultural como patrimonio de la humanidad, establece un debate sobre el componente ético de la defensa de la diversidad cultural en los contextos homogeneizadores de la globalización (apropiación y adaptación cultural) y como la expansión tecnológica moldea la creación de la cultura e interfiere en los procesos de aprehensión cultural.

La evidencia inequívoca de que las sociedades son compuestos heterogéneos, circunscritos en unas bases flexibles y permeables en donde la cultura como conjunto de identificación de grupos específicos es a diario transformada, alimentada y nutrida por las influencias no solo de otras manifestaciones culturales, sino condicionadas por los movimientos de la globalización y conducidas en el devenir político, económico, social y cultural de los individuos en los contextos democráticos de las sociedades occidentales, de manera asimétrica, sin un ritmo predeterminable y en continuo contacto unas con otras,

En esta sociedad de individuos que utilizan la ley como una herramienta para el reconocimiento de los derechos, pero sobre todo para la protección de la esfera individual, la dicotomía entre lo individual, lo comunitario, lo público, lo privado, la igualdad y la diversidad, mantiene abiertas múltiples puertas de debate en donde los gobiernos y los ciudadanos usando en un principio políticas públicas de amplio espectro deberemos encontrar el camino para la superación de las claras barreras culturales asimiladas por generaciones, el temor a la diferencia, la negación del otro, la deshumanización de lo diferente.

El encuentro de la conciliación de nuestras diferencias, desde la perspectiva que el individuo si mantiene aprendizajes y arraigos culturales, pero que se acomodan a las condiciones del entorno, debe ser una muestra de la capacidad humana por la convivencia pacífica y por el compromiso de las desvinculación de patrones xenófobos y excluyentes de las prácticas sociales y desde luego de la educación, para que las próximas generaciones comprendan las fronteras más como delimitaciones geográficas de los espacios comerciales, que como limitantes para el contacto humano y el desarrollo social.